“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.
Recuerdo que cuando era pequeña mi padre solía contar algo referente a los caballos de carrera. Decía que cuando los entrenaban, los sacaban a campo traviesa con unas anteojeras que cubrían los costados de su cabeza a la altura de los ojos. Esto era para que no se distrajeran durante la marcha mirando a los costados.
A nosotros también, a veces, una bella vista nos detiene con facilidad. El esplendor aparente de la vida, nos hace quedarnos absortos, mirando; impidiendo que alcancemos la meta.
Mi padre hablaba con autoridad, porque él era el primero en ponerse la anteojera y marchar hacia la meta. No sé si alcanzó todas ellas, pero sí las que fueron más importantes para él, entre ellas estuvo mi formación, el darme una buena educación. A veces temo haberle fallado en ese sentido. Defendió contra todo el influir en mi vida con principios altos que contemplaron la misericordia y el amor, la integridad, el poner la otra mejilla y el perdonar los agravios. Al fin y al cabo, me decía, siempre antes o después, la verdad brilla como una antorcha y todos reconocen que están en presencia de ella. Se desvivió para darme un ejemplo de vida que hoy aún me sirve para paliar los embates de la vida.
Esta sería la última de las máximas para alcanzar la meta en una carrera: ponerse la anteojera. No está en forma implícita en este pasaje, pero sí forma parte del Espíritu de la Escritura. No podemos correr hasta alcanzar la meta, si nos quedamos anclados en los aparentes brillos de este mundo.
La primera y gran máxima es despojarnos de todo peso. Podemos correr una carrera con una mochila, pero a los pocos metros tendremos que abandonar. El peso, con cada paso recorrido, se hace más y más insostenible: Sé que no puedo correr con mis mochilas al hombro, pero siempre hallo unos hombros fuertes y augustos que sí pueden hacerlo. Son los mismos que me cargaron para ir a la cruz y presentar su gloriosa ofrenda delante de Dios en mi favor: nada más ni nada menos que Su vida en expiación por mi pecado.
El tema del pecado que nos asedia es inacabable. Siempre nos asediará y en esto no podemos hacer juicio al diablo por acoso, porque es su trabajo: el que Dios le permite hacer, todavía.
Dios, El Espíritu Santo, está a nuestro lado. Pongamos el ser entero en sus manos y clamemos a él por nuestra vida. “Al que a Mí viene no le echo fuera” Estas palabras nos alientan a quitar las mochilas pesadas de nuestros hombros y dárselas a Él; para luchar a brazo partido, con Su autoridad que venció al pecado y al que tenía las llaves de la muerte, contra todo acoso de las tinieblas.
“Al que venza, Él le hará columna en el Templo de Dios y nunca más saldrá de allí.” Hagamos como Josué que habitó en el Tabernáculo y después pudo entrar en la Tierra prometida y despojarla de sus malvados moradores.
Dios nos bendiga y nos guarde. Su bendito rostro resplandezca sobre Su Iglesia, tenga de ella misericordia, alce sobre ella Su rostro y la llene de paz.
Ah, y no olvidemos la anteojera. La plenitud de Cristo es la meta.
