domingo, 21 de septiembre de 2008

EL CRUCE DEL MAR ROJO[1]


Cuando el pueblo vio a los egipcios preparados para darles muerte, se asustaron mucho y dice Éxodo 14:10 que clamaron a Jehová y de inmediato increpan a Moisés con lamentables quejas.
El pueblo estaba exactamente donde Dios lo deseaba en Su perfecta voluntad, aunque esto no lo sabían ni ellos ni el enemigo, pero sí su siervo Moisés.
Dios quería glorificarse en Faraón. La corona de los faraones llevaba en su frente una imagen del áspid sagrado que nos recuerda a la serpiente antigua prefigurada en estos soberanos.
El cruce del Mar Rojo es figura de nuestra salvación, del paso de la vida en el mundo, a la vida en el Reino de Dios; la apertura de las aguas nos muestra la sobrenaturalidad de este suceso que no es por mérito humano. La desesperación previa a la apertura de las aguas ilustra el quebrantamiento necesario para reconocer nuestra impotencia y nuestra debilidad ante la esclavitud del pecado. También vemos que al poner nuestros ojos en Dios, Su columna nos guía a la salvación.
Moisés extendió su vara hacia el mar y sopló un fuerte viento oriental (v. 21) y las aguas se dividieron: Dios utiliza un fenómeno natural para producir otro sobrenatural.
Se necesita valor para cruzar a través de un mar en seco, con muros de agua a los laterales. Si bien no había opción, pues era cruzar o morir, esto también implicaba tener fe en que la mano de Dios estaba allí y no caerían las aguas sobre ellos en medio del recorrido. El testimonio del cruce dio confianza a los egipcios que también entraron al mar en seco, pero esta bendita salvación es para los esclavizados por Satanás, mas no para Satanás y sus huestes que han de quedar, indefectiblemente, atrás, “...porque los egipcios que habéis visto, nunca más para siempre los veréis” (V. 13).
Es curioso ver cómo Dios obra sobre el límite del desastre, y esto podemos verlo en las cosas de nuestra vida, cuando la mano de Dios opera, cuando ya hemos hecho todo cuanto podíamos hacer, cuando junto con la desesperación viene el clamor, o quizás, si clamáramos antes no llegaríamos a situaciones tan difíciles. Pero Dios nos lleva en nuestra vida al lugar donde Él quiere, ya sea para redimirnos o para moldearnos o para usarnos en Su obra.
Jehová dice a Moisés en el versículo 15 “¿por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen”. Moisés ya no necesitaba seguir clamando, ahora era tiempo de actuar y obedecer a la Palabra de Dios. Su discurso al pueblo había sido inspirado por Dios, había sido Palabra de Dios por intermedio de su boca. Cuando esto ocurre, y tenemos certeza de la dirección que se nos ha mostrado, ya no es tiempo de clamor sino de acción.
Dice F. Josefo que luego de que el mar ahogó a los egipcios, llegaron flotando a la costa gran cantidad de armas que los israelitas tomaron, las cuales fueron las primeras armas que esgrimirían como pueblo libre y que necesitarían para conservar esa libertad.
Si el Mar Rojo debe su nombre a Esaú, hallamos una interesante figura. Esaú era un hombre carnal, ya que no dudó en satisfacer su apetito cambiando el plato de lentejas por la primogenitura. Notemos que cuando Jacob huye al desierto, le deja a su hermano toda la herencia material, pero la espiritual, la que lo coloca en la genealogía mesiánica, fue de Israel.
El Esaú que llevamos dentro es el viejo hombre que debemos dejar atrás.
Pero sobre todas las sombras y figuras que podemos hallar, se destaca el rojo carmesí de la redención por la sangre derramada por Cristo. Sólo a través de la sangre del Nuevo Pacto podemos dejar el Egipto espiritual a fin de comenzar el éxodo hacia la Tierra Prometida.
¿Cuánto tiempo nos llevará cruzar el desierto hasta llegar al río Jordán? Al pueblo hebreo le llevó 38 años: una generación completa quedó allí a causa de la desobediencia. En nuestro caso, esto también será proporcional a nuestra obediencia a Dios (Números 14:34). En el desierto hallaremos aguas amargas, necesidades, serpientes ardientes, enemigos en pie de guerra; pero estará la Presencia de Dios en la columna de nube o de fuego delante nuestro a lo largo de todo el camino.
Comeremos el maná, beberemos de la roca, no se gastará nuestro calzado, el Señor hará la obra en nosotros, nos limpiara de los ídolos, de nuestras ambiciones espurias, de nuestras iniquidades, y por fin, también milagrosamente, abrirá las aguas del Jordán, sólo que nuestro comportamiento sea como el de Josué y Caleb.
Por cada pecador arrepentido hay gozo en los cielos: ¡cuál habrá sido el gozo por el cruce del Mar Rojo! Moisés compuso un hermoso cántico de alabanza y acción de gracias; María, y las mujeres, danzaron, cantaron y tocaron panderos.
El cántico de Moisés no es historia, es presente y es futuro, es el mismo cántico de los redimidos en la gran tribulación (Apocalipsis 15). Es el cántico de victoria de los últimos seres humanos que cruzarán el Mar Rojo frente a los ojos impotentes del Anticristo en los tiempos del fin. También allí, al igual que Faraón y su ejército, Satanás y sus huestes terminarán sus días bajo la roja sangre del Cordero. El mismo pasaje dice que cantan también el cántico del Cordero, que es un cántico nuevo, según Apocalipsis 5:9. Quizá el cántico de victoria concluye con un cántico nuevo en el Espíritu, como corona de una alabanza realmente magnifica.
[1] El autor tomó el mensaje de su autoría de la Revista Mensaje - Editorial Quilmes. http://www.riosdevida.com/sitiomen/index.html